SER SACERDOTE HOY

Ser sacerdote es “gritar” el mensaje evangélico con la misma voz de Cristo.

 Ser signo personal de Cristo Sacerdote y Buen Pastor, a través de la propia existencia, prolongando su ser, su obrar y su estilo de vida, producirá siempre un interrogante. El primer sorprendido es el mismo que ha sido llamado al sacerdocio, sin merecerlo.

Cuando Pedro anunció por primera vez el evangelio resumió en pocas palabras su identidad personal: nosotros somos testigos; Testigos de alguien que ha resucitado.

Si los Apóstoles de hoy son testigos cualificados de la muerte y la resurrección del Señor, necesariamente, se encontrará con el escándalo de Nazaret (Lc 4, 21-30), de la eucaristía (Jn 6,60-69), de la montaña (Mt 7, 28), de la Cruz (Jn 12, 3237) y de la resurrección (Hech 17,32).

Identidad equivale a reconocer la propia razón de ser, la coherencia del existir, la sintonía con las gracias o carismas recibidos, para decidirse a ser lo que uno debe ser según la propia vocación y misión.

A nuestra época eclesial, le ha tocado en suerte profundizar y cuestionarse sobre el sacerdote ministro, es decir, sobre el cristiano que ha recibido por imposición sacramental de manos una participación especial en el sacerdocio de Cristo parecida a la participación de los doce Apóstoles. Por esto, esta participación se llama “ministerio apostólico”, “sacerdocio ministerial” y “jerárquico”, porque presta el servicio de dirección en la comunidad eclesial. 

 (del libro de D. Julián “D. Abundio, Vida Sacerdotal”)

Ahora D. Julián compartirá su sacerdocio con su querido amigo y maestro, D. Abundio por toda la eternidad.